








El primer fin de semana de octubre fue intenso,
intenso como una palabra no puede describir,
máquinas del tiempo de carne y hueso,
delirios de grandeza y ermitaños de altas cumbres,
nada ha cambiado, todo es igualcomo decía la canción
una espiral inverosimil de pereza,
dejarse llevar hasta la medianía,
envenenandose mientras la corriente arrastra,
excelencias que menguan en perspectiva,
memoria de brazos cortos y lengua viperina,
exhibicionismo, dulzura, flacidez, Rosalia de Castro, cristales que se rompen, mirada perdida, colmillos, indios de la Amazonia, Bayona, restos de lo que un día fue, premoniciones, círculos de sangre, fuego,
sueños de niño pequeño que se vuelven reales,
majestuosos de contenido,
pues nada más puedes pedir.
El primer fin de semana de octubre,
vino con pensamientos que se leen al primer impulso,
bailes y sesiones,
ladrones de cuerpo y mente,
enajenaciones de lanzamiento,
bares y callejones,
gente durmiendo debajo de un puente mientras llueve,
drogas desconocidas: las que emite tu propio organismo,
puertas desnudas y ventanas de deseo,
miradas tan dulces que aumentan el nivel del mar,
viajes desde lo más alto a lo más profundo.
El primer fin de semana de octubre,
queda cada vez más lejos,
yace aquí, en la suspensión de lo intangible,
en el aprobado con nota,
en las llamas que queman por dentro,
una vez más lo digo,
de nada me arrepiento, es vida,
la mía y la vuestra,
un gerundio demasiado rápido que se escapa en la creencia,
una intachable prudencia de cabellos dorados,
y ese sonido que no cesa,
movimientos de ser: una fuerza atravesando las pieles de los que te rodean,
felicidad, una inmensa sonrisa recorriendo la estáncia,
y esa palabra en mayusculas.