


Nos lo encontramos por casualidad en las calles de Vigo. Apareció tan rápido como te bebes un zumo de naranja recién exprimido para que no pierda sus vitaminas, girando y dando vueltas a la vez, al son de una hermosa música que no sabiamos de donde procedía. Al principio no le dimos mucha importancia a que vistiese como Julio Iglesias, ni a que le saliesen enormes y arrugadas naranjas de los poros de la piel, que brillaba bajo las farolas de la calle García Barbón. Lo extraño fue cuando pronunció nuestros nombres y dijo conocernos. -De otro pueblo vengo, de otro pueblo soy. A nadie pertenezco, a ningún lugar me dirijo. ¿Os apetece acompañarme?- lejos de resultarnos atípica, su proposición nos pareció de lo más normal. ¿Por que no?, pensamos, tampoco nosotros vamos a ningún lugar. Deseamos estar allí, pero solo pertenecemos a él ese instante de irrealidad soñada. Muy pronto olvidamos lo que tan duramente aprendimos. Nos dirigimos confiados, incredulos de nosotros mismos, hacía el abismo imprensable, esperado, inimaginable, delimitado hace siglos; en el tiempo de los romanos, o en el de los barbaros celtas, quizá. Nos ponemos nuestras mejores galas y partimos, el viaje hacía la nada, que es bueno porque es viaje, porque partes y repartes lo mejor para ti; porque sueñas e imaginas, deseas en virtud de los antiguos y de los modernos; experimentas la constante traslación y rotación en ti mismo, hasta que terminas siendo tu propía tierra. Caminando calle arriba, como es costumbre en el casco urbano, nos metimos en bolas negras y en bolas de cristal, fuimos engullidos por monstruos de un solo ojo y nos bañamos en el lago de la iguana, blanco y lleno de humo. Aprendimos, porque siempre se aprende algo, porque lo que supe hacer un día, tambien lo se hacer ahora. Como vampiros de ácido, mordimos la naranjas que el chico nos ofrecía; con los dientes, los dedos, los labios y la boca; bebimos su jugo hasta dejar de sentir hambre, hasta dejar de ver esa cara triste en el espejo, recriminandonos el no haber hecho bien las cosas. Naranjas de todos los tamaños salian de la piel del chico que, poco a poco, iba perdiendo su brillo inicial. Su cara era alegre y divertida, invitaba al baile y a la diversión, ajena a los problemas y a los males de este mundo. Enseguida comprendí que toda esa energía que nos regalaba, todo ese zumo naranja, podría bebermelo cada mañana sin que nunca perdiese sus vitaminas.
Finalmente, el chico del naranjo se comunico a traves de un extraño artefacto mitad estrella-mitad caballito de mar, como un teléfono de una tienda de mística y diseño. Unos seres abstractos en forma de notas musicales vinieron a buscarlo, creo, nunca estuve muy seguro. Él iba de rojo y blanco. Fué cerrando los ojos hasta que desapareció... ¡Zass!, y se mimetizó con el paisaje de adoquines y edificios, de cuestas y más cuestas. Se me escapa la fecha en la que ocurrió todo esto, pero si recuerdo que la luna estaba creciendo.
Escrito con el tema 11 de la B.S.O. de Blade Runner en repeat
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